Solía sentarse en una pequeña banca de menos de 2 metros de largo y ni un intento de ancho, solía leer un pequeño libro cada tercer día, e inexplicablemente no lo leía, siempre miraba a otros lados, se hacia la interesante y le sirvió.

No era aún marzo y febrero estaba por terminar, olía a desdicha y soledad bajo mi cama, y un poco también a humedad, ni ganas tenía de levantar ese trapo extraño que hasta la fecha no me entero de como salió de ahí.

Pero en ese parque, lleno de árboles, gente y comida chatarra, estaba ella, todos los sabados de 5 a 7, tratando de que la voltearan a ver y coquetear un poco, o al menos es lo que me gusta pensar.

Cuando la conocí leía La Odisea, cuando la perdí no leía nada, no escuchaba nada, no decía nada.

Era terca como la mierda que no quiere limpiarse sola, pero era tan necesaria como la siguiente pastilla después de la 3ª, de las mujeres más exquisitas de ese lado del parque, y tal vez de ese lado de la ciudad.

No era muy guapa, pero era exquisita, era caliente, inexplicablemente tenía el don de hace caer de espaldas a cualquiera al destaparse un seno... el final... no me gusta recordarlo... se fue, simplemente, pero... los besos... "Nadie me quita la ropa, yo solita"